domingo, 3 de mayo de 2015

Yo, Dante Alighieri



Hay que estar tan loco por la literatura como el ensayista, poeta, narrador y periodista argentino Roberto Alifano, emparentado con el príncipe Giuseppe Tomasi de Lampedusa, que fue interlocutor y amigo de Jorge Luis Borges, para atreverse a escribir Yo Dante Alighieri, en mitad del camino de la vida (Ediciones Khaf) en el siglo XXI. Y eso que el gran poeta florentino ha sido tanto o más influyente que Homero, Virgilio, Cervantes o Shakespeare. Un libro que a la vez es culto y ameno, pero, sobre todo, una iniciación en la lectura de la Comedia, poema al que Giovanni Boccaccio antepuso el calificativo de Divina.     

“Viví una larga temporada en Florencia –nos explica el escritor– y traté de seguir todos los caminos de Dante, un personaje del que apenas quedan rastros históricos. En la abadía de Santa María della Pomposa, donde se sitúa la pérdida de este manuscrito autobiográfico al que aludo como fuente, descubrí hace ya unos cuarenta años una inscripción que situaba allí el último día de su vida. Años más tarde, volví al lugar y la inscripción ya no estaba, por lo visto la habían robado. Y no es que yo lo hubiera soñado. Allí Dante acudía con frecuencia, por estar enterrado el benedictino Pedro Damián (su Petro peccator) y allí contrajo la peste amarilla tras una misión de paz entre RávenaVenecia. Pues bien, ahí él pierde ese manuscrito autobiográfico, que se supone lo roban y llega a París, donde siglos después lo compra el ingeniero y conde Ferdinand de Lesseps, gran coleccionista de libros y de arte; manuscrito que luego, cosa de masones, llega a manos del prócer argentino Domingo Faustino Sarmiento. Yo creo que esta historia es parte de ficción pero puede ser real, pues Miguel de Santander y Loaces, descendiente del arzobispo Fernando de Loaces, quien había sido bibliotecario del Vaticano, me dijo: ‘Hombre, tengo que ir a la Biblioteca Nacional de Argentina a robarlo, si lo encuentro, pues está disimulado en sus borgianos anaqueles’. Quién sabe si lo hizo, porque ya nadie lo encuentra” (El escritor sonríe).

Dante fue más importante en su época como político y diplomático al servicio de los güelfos, que como escritor, aunque protagonizó con Cavalcanti y otros precursores un gran cambio de paradigma literario: el dolce stil nuovo, cuya influencia marca a Boccaccio o a Petrarca, a Giotto, Botticelli, Rafael Sanzio, Miguel Ángel… y por la vía de los capitanes como Garcilaso, a otros grandes renacentistas españoles. “El gran desterrado ­–¡qué tema tan moderno!– utiliza la lengua vernácula: el toscano, y hace trascendente el amor cortesano de la poesía trovadoresca, tendiendo, asimismo, un puente entre el aristotelismo y el platonismo, a la sombra de Averroes y de otras fuentes islámicas. Quizá los misterios de su vida (el manuscrito de la Divina comedia nunca se ha encontrado, como así tampoco hay certeza alguna de sus restos mortales) se deban a que bordeó la herejía, pues su visionario tránsito por la escatología cristiana de la mano de Virgilio y de su amadísima e inaccesible Beatriz Portinari, no sólo describe el Infierno y el Purgatorio, sino que se atreve a llegar a lo más sagrado del Paraíso: el Empíreo, lo cual debió ser un atrevimiento más que escandaloso, casi sacrílego: la rosa mística, la visión de Dios”.

          
        Tampoco el siglo XX fue ajeno a Dante: Ezra Pound, T. S. Eliot, incluso James Joyce, o Eugenio Montale y Pablo Neruda, le han rendido homenaje. ¿Y Lezama? ¿Y Salinas y su ‘verdad trasvisible’? Ningún poeta que haya escrito un poema extenso ha renunciado a igualarlo. Se trata de un texto que no sólo ha tenido una lectura escolástica (moral, teológica, analógica y anagógica o mística), histórica (siglos XIX-XX por compendio de la política, la literatura y las artes de su tiempo), artística (Blake, Doré, Rodin, Dalí… hasta Barceló) o estética (siglo XX, por haber maridado forma y contenido sin rival), sino que también, y como decía Borges, su mayor exégeta (ahí están sus Nueve ensayos dantescos y Siete noches, además del ‘Poema conjetural’, entre otros textos), una lectura ‘hedónica’, por el puro placer y emoción del texto, sin necesidad de referencia alguna. Yo recomiendo esta aventura a todos los jóvenes que aspiren a ser poetas”.



Nota: Una versión algo más breve de esta entrevista fue publicada en ABC el martes 28 de abril.

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